Hace años se extendió como únicamente lo hacen los rumores y las anécdotas apócrifas, que un ciudadano afortunado ganador de un potente premio de lotería ( monopolio del Estado) fue preguntado por el destino que pensaba dar al dinero, a lo que respondió : «Pagar deudas». Repreguntado. Y con el resto …? volvió a responder : «Pues que espere a cobrar». Esto no deja de ser otra cosa que el reflejo de la situación en la que se encuentra una Nación en donde comenzando por el Estado la morosidad forma parte del paisaje.
Cuánta morosidad, cuántas horas de trabajo perdidas por absentismo, cuánto incumplimiento de contratos, cuánto litigio, cuánto subvencionado. Como hemos pasado en veinte años de una estabilidad institucional y una economía solvente a una situación en donde el empobrecimiento se ha instalado en la vida de la gente …?
Conocido es el episodio en donde el maestro Juan Belmonte fue preguntado cómo era posible que su antiguo banderillero, Juan Miranda, hubiera llegado a Gobernador Civil en Huelva, a lo que respondió «Pues degenerando».
Así pues, degenerando, España ha llegado una situación en donde el setenta por ciento de las facturas se pagan fuera de plazo y que además el ventiséis por ciento de las empresas han sufrido impagos relevantes, de los que hacen daño en la contabilidad, tanto que como consecuencia de ello los costes financieros, las renovaciones crediticias, etc … que han sufrido superan los ocho mil millones de euros anuales, derivada evidente de un ecosistema que en determinados momentos tiene kilombos con más del ochenta por ciento del entramado empresarial implicado.
No son únicamente las empresas quienes transitan por el alambicado devenir de la morosidad, los particulares, las familias declinan demasiadas veces de sus obligaciones con los créditos al consumo, el pago de los alquileres e incluso hasta las hipotecas, aunque sean estas las que menos sufren de impagos dada la importancia que para el tránsito vital de la gente tienen.
La persistente situación confirma que la morosidad en España se ha convertido en una realidad estructural pues han convertido el problema en una metodología de actuación en donde muchas, básicamente grandes empresas, la manejan como una fuente de financiación gratuita retrasando pagos a sus proveedores y sub contratistas, convertidos en obligados financiadores cautivos.
Lo que se mantiene muy presente es la maldad inherente al Estado que no podía permanecer ajena a la morosidad, en donde se desenvuelve con total impunidad incumpliendo flagrantemente los plazos de pago que legalmente fijados en treinta días la realidad es que se pagan en periodos que superan los setenta, situación que mantiene en el limbo treinta mil millones de euros, para desesperación de autónomos, proveedores y pymes que no pueden retrasar ni un solo día sus obligaciones impositivas con ese Estado moroso y abusón que a ellos no les paga en tiempo.






