El director de EL MUNDO Cantabria escribe en su sección «La Ventana» una reflexión sobre la reacción de los políticos en estas fechas y ante toda la problemática que viaja por España.
EL RESULTADO de las elecciones europeas fue una sorpresa para todos, aunque siempre hay alguien que a posteriori asegura haberlo previsto. Entonces, no se hicieron caso a la señales que comenzaban a mandar con claridad los votantes. Se optó por la descalificación al partido revelación, Podemos, y ese fue casi el único mensaje de respuesta.
Está claro que no ha servido para nada o incluso ha contribuido a incrementar la fuerza de la formación de Pablo Iglesias. La encuesta del CIS, que convierte a Podemos en primer partido en intención de voto y tercero en estimación, es decir, después del tratamiento de los datos por los expertos, ha vuelto a sorprender. Y esto sí es curioso. Se palpaba con claridad el aumento de la legión de indignados que en estos momentos se decantan por el voto a Podemos pero, por lo que se ve, los grandes partidos no pensaban que el batacazo que se iban a dar en la encuesta iba a ser de tal dimensión.
Quizá han subestimado la influencia de la corrupción en el ánimo de los españoles, tal vez porque otras experiencias habían dejado claro que este fenómeno no influía demasiado en las urnas. Las cosas ahora son distintas, porque la corrupción se descubre por parte de una población que está aguantando con estoicismo la precariedad económica sin que se ofrezcan demasiadas alternativas para el futuro, puesto que este ha de ser, según nos han hecho interiorizar, siempre empobrecidos respecto a lo que fuimos antes de empezar la crisis, con un poder adquisitivo que difícilmente se recuperará en relación a los buenos tiempos, con menos servicios públicos o con mayor aportación individual para disfrutarlos….
En fin, mal presente, poca esperanza y además el espectáculo del latrocinio que rodea a quienes nos deberían ofrecer mejores soluciones.
¿Y cuál es la reacción ahora? Si tras las europeas fue la pasividad y el desprecio, ahora es la apelación al miedo e incluso la descalificación a quienes optan por el de la coleta. Pues van a equivocarse otra vez. La solución es que hagan caso al ciudadano y no que le echen la culpa de errar a la hora de pensar en la urnas. Si los votos nos llevan a una dirección inadecuada, la culpa será de los que no supieron marcar un camino convincente.





