En la política local empiezan a proliferar perfiles más preocupados por el foco que por la gestión. Uno de los ejemplos más evidentes en Santander es el de Felipe Piña, convertido en una suerte de político–influencer que parece haber sustituido el trabajo serio por la puesta en escena constante.
A Piña le da igual que Santander esté sucia, que existan problemas de inseguridad o que los barrios acumulen necesidades reales sin resolver. Su prioridad parece ser otra: recorrer calles con la guitarra al hombro, generar contenido y alimentar una imagen que poco tiene que ver con la responsabilidad institucional. Es decir, la política convertida en espectáculo.
Porque lo preocupante no es solo la forma, sino el fondo. Mientras la ciudad exige soluciones, Piña opta por el ruido. Mientras los vecinos demandan gestión, él ofrece gestos. Y en ese camino, el personaje ha terminado por devorar al político.
Tanto es así que ya se permite incluso hacer cábalas sobre las elecciones municipales de 2027, en un ejercicio más propio de tertulia que de alguien que aspire a gobernar. Una estrategia basada en la visibilidad, no en la credibilidad.
Pero Piña no es un recién llegado. No es un outsider. Forma parte de esa “casta” política que tanto critican algunos discursos populistas. Fue director general de Transportes, etapa que muchos aún recuerdan por decisiones controvertidas y problemas que nunca se resolvieron del todo, como los conocidos fallos en infraestructuras ferroviarias. Su trayectoria desmonta el relato de renovación que intenta proyectar.
En realidad, su estilo bebe directamente de la escuela del regionalismo más clásico, el de Miguel Ángel Revilla: cercanía impostada, gestos llamativos y una política basada en el impacto mediático. Solo que, en este caso, adaptado a los tiempos de redes sociales, donde el objetivo no es gobernar mejor, sino conseguir más “likes”.
Y ahí es donde aparece otro elemento preocupante: la creciente mezcla entre vida privada y acción política. Piña no solo comunica propuestas —cuando las hay—, sino que convierte su día a día en contenido, diluyendo la línea entre lo público y lo personal en una estrategia claramente orientada a ganar notoriedad.
El problema es que Santander no necesita influencers. Necesita gestores.
Necesita responsables públicos centrados en limpiar la ciudad, mejorar la seguridad, atender a los barrios y ofrecer soluciones reales. No políticos pendientes del siguiente vídeo, de la siguiente ocurrencia o del siguiente titular fácil.
Porque cuando la política se convierte en espectáculo, los ciudadanos dejan de ser prioridad.
Y ese es, precisamente, el riesgo del populismo de Felipe Piña: que detrás de la guitarra, las cámaras y los “likes”, Santander quede en un segundo plano.







