Repletas de historias, de juegos de palabras, de dobles sentidos, de besos encendidos. Así amanecieron el pasado viernes algunas de las calles más céntricas de Laredo.
Con mensajes tatuados en su superficie. Palabras cargadas de amor, de buenos sentimientos, de deseo. Señales espontáneas que, lejos de restar puntos al carnet de ciudadanos, agregaban sonrisas a los labios de sus lectores. Conductores y peatones gratamente sorprendidos por una original propuesta cuya única meta era emocionar. Frases, corazones y estrellas para hacer más humano que nunca un asfalto cargado de latidos.
La sorpresa caló hondo en la villa. Y ha sido, de largo, el tema más recurrente en los improvisados corrillos a la puerta de los colegios, en las barras de bar, en las colas de los supermercados y en las conversaciones a pie de calle. Un termómetro infalible para medir el éxito de una iniciativa detrás de la que existen personas con una creatividad desbordante, solamente equiparable al cariño que sienten por su pueblo.
Aunque en una dosis mínima, apenas perceptible, también se han enunciado críticas. Ese ingrediente casi imprescindible para sancionar el acierto de una iniciativa. Porque elogio y crítica son la mejor vacuna frente a la indiferencia. Espíritus atormentados, miradas acostumbradas a detectar pajas en ojos ajenos ignorando las vigas en el propio, que también encuentran en esta acción su regocijo. Y además con premio. Porque ellos también tienen su frase en esta sopa de letras con alma. «Si el mundo no es perfecto, por qué iba a serlo yo». Pues eso.





