En política hay movimientos que nacen desde la convicción… y otros que surgen desde el despecho. Lo que estamos viendo en las últimas semanas con Iván Espinosa de los Monteros, Javier Ortega Smith y el grupo de exdirigentes y satélites mediáticos que les rodean pertenece claramente a la segunda categoría.Lejos de representar una alternativa real o un debate constructivo, sus ataques constantes contra Santiago Abascal y la actual dirección de VOX están teniendo un efecto completamente contrario al que pretendían: están reforzando al partido.
Porque si algo han conseguido estas maniobras es evidenciar una realidad incuestionable: VOX no es un proyecto personalista ni una plataforma al servicio de egos heridos. VOX es, ante todo, un movimiento social y patriótico con unas bases firmes, comprometidas y, sobre todo, leales.
Mientras algunos, desde platós de televisión y tribunas afines al entorno de Génova, intentan sembrar dudas sobre la dirección del partido, las bases responden con unidad. Cada ataque externo, cada insinuación interesada, cada intento de desprestigio no hace sino cerrar filas en torno a Abascal.Y no es casualidad.Muchos de los que hoy critican a VOX lo hacen ahora, en uno de los momentos de mayor consolidación del partido. No lo hicieron cuando las encuestas eran adversas, ni cuando el proyecto estaba en fase de crecimiento e incertidumbre. Lo hacen ahora, cuando VOX es más fuerte, más estructurado y más influyente que nunca.
Eso no es valentía política. Eso es oportunismo.
El llamado “manifiesto”, abierto a firmas indiscriminadas de militantes, exmilitantes y cualquiera que quiera sumarse, no es más que una herramienta de presión sin legitimidad real. Un intento de aparentar una base social que, en la práctica, no existe. Porque la verdadera base —la que sostiene al partido en las calles, en las mesas informativas, en cada campaña— no está en ese manifiesto. Está con VOX.
Además, resulta difícil no ver la mano de ciertos medios próximos al Partido Popular amplificando este ruido interno. Los mismos que llevan años intentando debilitar a VOX ahora encuentran en estos “disidentes” unos aliados circunstanciales. Una coincidencia de intereses que dice mucho más de lo que parece.
En ese mismo contexto hay que situar el papel de Juan García-Gallardo, convertido en una pieza más de ese engranaje mediático. Utilizado por los altavoces de Génova, parece haber confundido los focos con la relevancia política real. Que te llamen ciertos medios no te convierte en imprescindible, sino en útil para sus intereses.García-Gallardo da la impresión de creer que la conversación en X es la vida real, que el ruido digital equivale a respaldo político, cuando la realidad es mucho más cruda: fuera de ese ecosistema, su peso es hoy prácticamente inexistente. En términos políticos, está amortizado.Y, sin embargo, todo este ruido tiene un efecto claro: lejos de dividir, está uniendo.
La militancia percibe estos movimientos como lo que son: un intento de desestabilización desde fuera, impulsado por quienes no aceptan que VOX haya crecido sin depender de las estructuras tradicionales del bipartidismo. Y ante eso, la reacción natural es la cohesión.
Porque VOX no pertenece a quienes se fueron. Ni a quienes dudan. Ni a quienes utilizan los medios para ajustar cuentas personales.VOX pertenece a quienes creen en él.Y hoy, más que nunca, esas bases están firmes junto a Abascal. Frente al ruido, frente a las maniobras y frente a los intentos de derribo.
Paradójicamente, quienes querían debilitar el proyecto están logrando exactamente lo contrario: hacerlo más fuerte.







