Las elecciones autonómicas en Aragón han certificado algo que ya venía gestándose: el bipartidismo ha dejado de ser el eje del sistema político. El hundimiento del PSOE y la victoria insuficiente del PP evidencian el desgaste de un modelo agotado. En ese contexto, Vox emerge como la fuerza que mejor canaliza el descontento y marca el nuevo equilibrio del bloque de la derecha.
El golpe más duro se lo llevó el PSOE y su candidata, Pilar Alegría, que pasó de ser la cara visible del Ejecutivo de Pedro Sánchez a firmar uno de los peores resultados históricos del socialismo aragonés. De 23 a 18 escaños y derrota incluso en feudos como Teruel, donde Vox aventajó al PSOE en seis puntos. Un castigo directo a una política basada en cesiones, relato y resistencia artificial al desgaste del sanchismo.
El PP de Jorge Azcón ganó las elecciones, pero lo hizo sin crecer y perdiendo dos escaños respecto a 2023. Una victoria insuficiente que confirma que el voto útil ya no funciona como salvavidas automático. El electorado empieza a distinguir entre gestionar y liderar, y el PP sigue sin ofrecer un proyecto político claro más allá de la inercia institucional.
Quien sí dio un salto político fue Vox. El partido de Santiago Abascal duplicó su representación, pasando de siete a catorce escaños, con cerca del 18% de los votos. Vox no solo crece en número: se consolida como actor imprescindible, ganador moral de la noche y única fuerza capaz de disputar el marco político al bipartidismo. En una comunidad castigada por el abandono territorial y los desequilibrios autonómicos, el mensaje fue inequívoco.
En la izquierda, el resultado dejó una imagen aún más clara de fragmentación y fracaso estratégico. Podemos, pese a una campaña cada vez más radicalizada, no logró absolutamente nada y desaparece del Parlamento aragonés, confirmando su irrelevancia electoral. Tampoco las candidaturas personalistas y muy visibles en redes consiguieron traducir notoriedad en votos, dejando en evidencia que la política real exige estructura, territorio y organización, una lección que alcanza también a fenómenos como el de Alvise Pérez.
En este panorama, Izquierda Unida logró al menos salvar los muebles, manteniendo una presencia mínima dentro del bloque de la izquierda y evitando una debacle aún mayor, aunque sin capacidad real para alterar el rumbo político ni disputar la hegemonía perdida.
Aragón no es una excepción, sino un anticipo. El bipartidismo se erosiona, el PSOE se descompone, el PP se estanca y Vox se afianza como la fuerza que canaliza el cambio político real. El sistema ya no se sostiene con los equilibrios de siempre. Y esta vez, las urnas lo han dejado claro.






