Las vidas de sus hermanos, tan cinematográficas, habían opacado al menor de los hijos de Cástor Gutiérrez de la Torre, hasta que encontré su pluma y me rendí ante ella.
Esperanza – ALTERUM NON LAEDERE*
Durante el confinamiento mundial por coronavirus, el cubano Alexis Valdés escribió un poema titulado Esperanza. Esperanza se esparció, se declamó a muchas voces y conmovió a los bípedos con corazón. De inmediato, un montón de bocas aseguraron que el poema no era del cubano sino de Benedetti, de una señora que murió hace doscientos años, o de cualquiera menos de Valdés. Ilustrativo, lo que se dijo de la autoría del poema y más ilustrativo aun que los deseos de Valdés no se cumplieran“..le daremos un abrazo al primer desconocido y alabaremos la suerte de conservar un amigo… y todo será un milagro y todo será un legado…”
Investigar las vidas de mis espíritus nunca fue mejor ocupación que durante aquel año dos mil veinte, tan doloroso. Domingo Gutiérrez Cueto, su sentido común y su ecuanimidad apasionada fue mi mejor descubrimiento. Las vidas de sus hermanos, tan cinematográficas, habían opacado al menor de los hijos de Cástor Gutiérrez de la Torre, hasta que encontré su pluma y me rendí ante ella. Ahora que la pandemia ha pasado y los humanos volvemos a parecer enemigos, este texto suyo de hace ciento treinta años sigue estando vigente, ojalá no lo estuviera, ojalá hubiéramos aprendido a graduar la furia de nuestras reacciones. Feliz fiesta nacional de España. Con ustedes, Domingo Gutiérrez Cueto, el “niño prodigio” del Santander decimonónico,“una de las mentes más privilegiadas de su tiempo”, como me lo describió José Ramón Saiz Fernández.
ALTERUM NON LAEDERE*
Asomados a la única ventana de la habitación que ocupaba un amigo nuestro, empleado del establecimiento, mirábamos el patio de los locos, un corral de altas tapias, donde su guarecían los asilados en los días lluviosos. Precisamente la lluvia había ahuyentado aquella tarde a los locos, ocultos a nuestra vista bajo el tejado del patio; sólo dos o tres de los más distraídos paseaban impertérritos, con la cabeza desnuda y el rostro indiferente a la cellisca, a lo largo del corral desabrigado, insano, incómodo, sin un asiento en ninguna parte; un corral como los que se usa en las plazas de toros para capilla de las víctimas, cuya ferocidad se contempla aquel día desde lo alto de las tapias o desde altas ventanas, como nosotros observábamos aquella otra especie de ferocidad.
-¿Ven ustedes aquel?– dijo el empleado indicando a otro loco que salía del escondite. –observen ustedes cómo anda.
El loco andaba, en efecto, de un modo muy extraño, con paso lento y tímido, cual si temiera lastimarse los pies, y tanteando con ellos el suelo como para probar su consistencia.
-Ese teme, por lo visto, que le trague la tierra.
-No, no es eso; es otra manía. Ahora – y más vale así, porque siquiera está tranquilo –anda como pisando huevos; en cambio otras veces le da por pisotear con furia, como si quisiera hundirlo y hollarlo todo, y acaba por acometer a sus compañeros, hasta que hay que ponerle la camisa de fuerza. Pero todo eso obedece, en efecto, a una manía, y la manía tiene su historia, su lógica… la culpa de todo la tiene esa paz, que conduce a ese loco a la ferocidad, naturalmente, por naturales exasperaciones, casi legítimas.A mi juicio, la furia en este loco es su forma de reacción, la cual, si fuera posible contenerla a tiempo, graduarla, sería la salvación de ese hombre. Por ahora me parece que está muy loco; miren ustedes…
El loco se había parado, y mientras alargando un pie tanteaba el suelo con exquisita suavidad, sin decidirse a hollarle, se erguía sobre el otro pie vacilando en equilibrios imposibles, extendía los brazos apercibidos al vuelo y, a falta de alas, batía los codos ansiosamente.
-Pero ¿qué quiere ese hombre?
-Quiere volar; es indudable.
-Así es la verdad- dijo el empleado.Pero no está ahí la manía…
-¿Cómo que no…?
-Como que esa manía es una vulgaridad, y este loco no tiene nada de vulgar. No aspira al vuelo por el vuelo mismo, sino con aspiración más legítima basada en muy poderosas razones; no tiene envidia a los pájaros del aire, sino lástima a los gusanos de la tierra…Ese loco, donde ustedes le ven, es un gran moralista; un moralista que, de deducción en deducción, ha venido a menos.
-A ver, a ver… Eso promete.
-No, si no voy a referir ninguna historia; Dios me libre. En primer lugar no la sé, y además creo que no importa; razón que merece a su vez el primer lugar. Basta saber que el señor ese quiere volar porque está decidido a no hacer daño a nadie.
-Tanto es justo;alterum non laedere…
-Sí; por ahí se empieza; después, de deducción en deducción… las personas sensatas se quedan en el camino y se hacen pasar por moralistas; pero los verdaderos moralistas, apurando la consecuencia, paran aquí, llenos de razón, como ese loco que no quiere dar un paso por no herir a los gusanos de la tierra.
-Es una manía bien rara.
-No lo creo así. Precisamente, hace unos días leí un cuento de un gran escritor y gran moralista, el cual jura y perjura al final del cuento que él, por su parte, no volverá a matar un pájaro en su vida. No creo que esta declaración haya influido hasta ahora en los mercados de caza; pero sí que semejante manía va influyendo de un modo bastante alarmante en la literatura fin de siglo.
-¿Y qué? Puede que tengan razón.
-No lo niego; como tampoco niego la razón a este infeliz. Lo que hay es que él mismo acaba por negársela cuando, cansado de no saber dónde ponerse, salta por fin impaciente y arremete contra todo, cerrando furiosamente los ojos. Puede que, si la manía cunde, el mundo entero, más constante, es decir, más loco que este loco, sea capaz de aguantar la respiración hasta el fin. Puede que se considere oportuno, cuando todo es hostil y nada escucha, levantar nosotros, los débiles, la blanca bandera que leve instante flameará en las tinieblas tormentosas, cual débil llama que arrebata el huracán.
*Escrito por Domingo Gutiérrez Cueto a los veintidos años de edad.
*ALTERUM NON LAEDERE: “No dañar a otro”, segundo de los tres preceptos del derecho (Los Principios del derecho son: vivir honradamente, no hacer daño a otro, dar a cada uno lo suyo). Diccionario panhispánico del español jurídico. Asociación de Academias de la Lengua Española.
Úrsula Álvarez Gutiérrez
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