La democracia es un régimen de opinión pública con las separación de poderes como principio fundamental y con los ciudadanos como sujetos activos de la misma.
En España la realidad nos muestra como la opinión pública ciudadana se encuentra influida cuando no acosada por unos medios de comunicación, no todos, en donde la independencia y la objetividad no es la más relevante de sus virtudes, estando en bastantes casos adscritos o desempeñándose en los piélagos ideológicos del mapa político español, lo que provoca mensajes interesados o directamente falsedades en lugar de información veraz.
Paralelamente el Estado, en este caso por medio del poder gubernamental ha desvirtuado completamente la separación de poderes que ha convertido en una mera separación de funciones, pues quien controla el ejecutivo tiene la capacidad de articular la mayoría parlamentaria que permite un legislativo de conmilitones acríticos, lo cual inmediatamente conduce a la posibilidad cierta de control de los organos de gobierno judiciales y mecanismos de contrapeso al poder ejecutivo.
Con este panorama político la opinión ciudadana se ha deslizado hasta un profundo descreimiento, no de la democracia que a pesar de las voces críticas goza de mayor predicamento, si no del funcionamiento de las instituciones que la sostienen , lo que empuja a que en lugar de votar con sentido positivo de apoyo a unas ideas se haga en «contra de», para que el otro que ya no es adversario , convertido en enemigo político no alcances el poder.
Este comportamiento de una amplísima capa de electores es letal para el sistema, pues logrado el objetivo que no es otro que impedir el acceso al poder gubernamental del «enemigo político», el control democrático sobre los propios es muy laxo y en consecuencia la corrupción apenas tiene castigo, el cumplimiento de los programas electorales es algo que ni siquiera se contempla, mientras que la eficacia, el gobierno de calidad, ni siquiera forma parte de la ecuación.
Este inmaduro comportamiento de los votantes sitúa directamente a la clase política en las formas y capacidades que la masa ha empujado primero y tolerado después.
Los gobernantes que pueden ser (lo son ) malvados, pero no estúpidos, han entendido perfectamente el juego y la vinculación con sus votantes, colocando sobre el tablero político aquellas cuestiones que dividen a la sociedad para afianzar la fidelidad perruna de los propios, complementando la acción gubernamental con materias que gozan de las querencias de sus electores, ya sean estas beneficiosas para la mayoría del común o no. Eso no tiene importancia.
Por lo tanto hay que empezar a plantear por incómodo que esto sea, si las instituciones democráticas no tienen comportamientos decentes por su misma particularidad o el sistema es el resultado de las decisiones que se toman como ciudadanos, decisiones que provocan una situación que paradójicamente luego no se duda en criticar con total desparpajo, sin detenernos a reflexionar sobre la responsabilidad y / o culpabilidad de que esto sea así y que además no tenga visos inmediatos de cambio.







