La última navidad, dos hombres de mi familia santanderina me acompañaron caminando a casa. Cuando estuve muy a salvo dentro de mi edificio, se dieron la vuelta.
Imagen de Fernando Gutiérrez Cueto
Párrafos de señores por Úrsula Álvarez.
El Caballeronació en la década de los veinte del siglo veinte, o antes. No sé qué edad tendría cuando se casó y se volviójefe de familia, como se decía entonces. Era un hombre culto y de buenos modales, alto, fuerte y tan moreno, que cada vez que viajaba al extranjero la policía lo confundía con un terrorista árabe que espantaba al mundo en esos tiempos. El personal de los aeropuertos lo observaba receloso, lo metía a una habitación y lo obligaba a desvestirse buscando granadas, armas, o sepa Dios.No soy árabe ni terrorista, decía el pobre, tan alto, tan moreno y tan igualito al terrorista cuyo nombre no recuerdo, mostrando su pasaporte como prueba de inocencia y maldiciendo los millones de aceitunas negras que comió,pensar que nací rubio y de ojos azules.El Caballerocomedor de aceitunas olvidaba el mal rato comprando regalos para llevar a sus hijas y su nuera, a la que ni su mujer ni sus hijas querían. Él opinaba que el jefe de una familia no podía hacer distinciones entre las mujeres que engendró y la que su único hijo eligió. Su nuera correspondió de la única forma que supo, amándolo como si él la hubiera engendrado,tu abuelo era un caballero, repitió mil veces a sus hijos después de la muerte del hombre.
Una pareja de viajeros actuales se perdió en una ciudad desconocida. Terminaron en un barrio tan feo, que hasta los gatos parecían esconder puñales. Para empeorar las cosas, sintieron pasos detrás de ellos. Sin detenerse ni soltar su mano, el marido dijo a la mujer,por favor, haz lo que te digo, si nos atacan, corre y no te detengas, por favor, hazme caso aunque sea por una vez.A mí me robarán o me golpearán, pero a ti te harán cosas peores. Quizá el Espíritu Santo premió el tamaño de ese amor, porque apenas él terminó de hablar, los pasos amenazantes dejaron de sonar y una avenida transitada y sin rostros patibularios apareció frente a ellos. Ella nunca olvidará lo que él le dijo.
Un matrimonio con dos niños pequeñitos comenzaba a vivir en una ciudad de lluvias diluvianas y piedras rosadas. Él era vendedor de no sé qué y ella era un ama de casa feliz. Un mal día la noticia llegó, el padre de él había muerto. Viajaron para asistir al horrible ritual que sigue a la muerte y las noticias empeoraron, alguien debía hacerse cargo del negocio familiar que había quedado acéfalo y ese alguien era el hijo, dada sucondición de hombre.No importaba que él no quisiera hacerlo, tampoco importaba que fuera feliz vendiendo no sé qué en la ciudad de las lluvias y las piedras rosadas, no importaba nada, sólo que él se había convertido en el Hombre de la Familia y tenía que encargarse del negocio. Lo hizo y poquito a poquito dejó de ser feliz.
Un hombre llegó una tarde a casa de su suegra y la encontró pegando gritos.¡Ladrón, ladrón!, se desgañitaba la señora señalando a un fulano que huía. El yerno del año trepó el muro para alcanzar al delincuente, qué suerte que no lo alcanzaste, ¿eh?, le dije a solas muriéndonos de risa cuando me lo contaron. Pero lo intentó y creció como diez centímetros sólo por eso.
Una veinteañera olvidaba sacar las llaves de su casa a cada rato. Entonces, cuando la fiesta terminaba y sus amigos la llevaban a casa, uno de ellos trepaba la fachada, se metía por la ventana del hall del segundo piso, bajaba las escaleras y abría la puerta para la veinteañera juerguista. Siempre lo hacía un chico, nunca una chica, y siempre, pero siempre, lo hacía a toda velocidad y muerto del susto de despertar al hermano mayor de la veinteañera y encontrárselo a oscuras en el hall.Por tu culpa, un día de estos tu hermano nos va a matar,decía invariablemente el allanador de morada de turno.
Una vez, mi mejor amigo y yo salíamos de una discoteca en Arequipa. Un mocoso, quizá drogado, me miró, a mí y no a mi amigo, y me empujó. Casi se me cayó la mandíbula de la impresión. Mi mejor amigo, que se llama Giancarlo, me colocó detrás de él, empujó al mocoso y le dijo con una cara de perplejidad que ahora recuerdo muerta de risa:¡¡¡A LA DAMA!!!Luego silabeó en forma de pregunta, varias veces y siempre atónito,¿a-la-da-ma?, ¿aaa-laaa-daaa-maaa?Alguien se llevó al mocoso y la cosa no pasó de ahí, pero recuerdo muy bien las manos de Giancarlo colocándome detrás de él y enfrentando al loco que me empujó. Amor, se llama eso. Hombre, también.
La última navidad, dos hombres de mi familia santanderina me acompañaron caminando a casa. Cuando estuve muy a salvo dentro de mi edificio, se dieron la vuelta.Cielo, cualquier problema que tengas, llámame,repite siempre el mayor de los sobrinos de mi bisabuelo y obedezco. La noche que di mi primera charla en el Ateneo, me acompañaron otro de mis primos y un amigo muy querido. Me hicieron caminar en el centro, con ellos a mis costados, porquelas señoras caminan rodeadas, explicó uno de mis escuderos chino de la risa.
Estas y mil cosas más hicieron y hacen, sólo por su condición de hombres, algunos que yo conozco. El rol que se asigna desde el inicio de los tiempos al género masculino, le corresponda lógicamente o no, no es fácil de cumplir. Quizá sea oportuno contar historias de hombres de bien.
Úrsula Álvarez Gutiérrez Santander, octubre del 2022 www.amoramares.works





