En política, pocas cosas hay más previsibles que el movimiento del que se queda fuera del poder: disfrazar su frustración de “debate interno” y su ambición personal de “regeneración democrática”. Y eso es exactamente lo que estamos viendo estos días con Iván Espinosa de los Monteros.
El exdiputado ha decidido lanzar un manifiesto pidiendo un congreso extraordinario en VOX. Lo hace, curiosamente, no cuando el partido atravesaba sus peores momentos en encuestas o resultados, sino ahora, en uno de los contextos más favorables de su historia reciente. Cuando VOX resiste, crece y se consolida como alternativa real al bipartidismo, aparece esta operación interna. Casualidad, dicen. Difícil de creer.
Porque aquí no hay preocupación por el proyecto, sino una evidente pulsión de revancha.
Espinosa ha elegido además un escenario muy significativo para hacer su anuncio: El Cascabel, en TRECE TV, un medio históricamente alineado con el Partido Popular. No es un detalle menor. Es toda una declaración de intenciones: el mensaje no iba dirigido a las bases de VOX, sino a ese ecosistema mediático que siempre ha querido domesticar al partido.Porque el fondo de la cuestión es claro: algunos quieren convertir VOX en una muleta del PP. Un VOX más dócil, más liberal, más cómodo para las élites. Un VOX que renuncie a ser un movimiento social y patriótico para convertirse en un partido gestionable, previsible… y subordinado.Y en ese modelo, por supuesto, hay premio: sillones. El sueño nunca disimulado de algunos, entre ellos Espinosa, pasa por verse de nuevo en primera línea institucional, idealmente como ministro en un gobierno tutelado por el Partido Popular.
Pero VOX no nació para eso.VOX surgió precisamente como reacción a ese modelo de partido cerrado, controlado desde arriba, sin alma y sin conexión con la calle. Y su fortaleza ha sido, precisamente, mantenerse como un movimiento con raíces sociales, con una identidad clara y con un liderazgo firme en la figura de Santiago Abascal.
Frente a eso, lo que propone Espinosa no es abrir el partido, sino diluirlo.Y hay un detalle que retrata perfectamente la incoherencia de esta iniciativa: el manifiesto está abierto a la firma no solo de militantes, sino también de exmilitantes. ¿Qué sentido tiene que personas que ya no forman parte del proyecto pretendan marcar su rumbo? ¿Desde cuándo quienes han abandonado un partido están legitimados para decidir su futuro? Más que una herramienta de participación interna, parece un intento de inflar artificialmente un apoyo que dentro del partido real no existe.
Habla de democracia interna quien elige el momento de mayor fortaleza del partido para lanzar una ofensiva pública. Habla de “ensanchar” quien en realidad pretende recentrar el discurso hasta hacerlo irreconocible. Y habla de no cuestionar el liderazgo mientras construye un relato paralelo que busca debilitarlo.Todo ello acompañado de figuras que poco o nada representan dentro del proyecto. Ahí aparece Cristóbal Palacio, un nombre sin peso real en la base militante y cuya relevancia responde más a padrinazgos pasados que a méritos políticos propios.
No es una corriente. Es un grupo reducido con una motivación clara: ajustar cuentas.VOX necesita justo lo contrario de lo que plantean. Necesita reafirmarse como alternativa, no diluirse en el sistema. Necesita seguir la línea de perfiles comprometidos con el proyecto nacional y social, como Carlos H. Quero, y mantener un rumbo claro bajo un liderazgo que no está en discusión para la mayoría de sus votantes.
Porque cuando un proyecto político empieza a funcionar, siempre aparecen quienes quieren reconducirlo… hacia sí mismos.Y eso, en este caso, no es regeneración.Es resentimiento.








