En política hay algo que el tiempo acaba poniendo a cada uno en su sitio. Y lo que estamos viendo estos días con Iván Espinosa de los Monteros, Javier Ortega Smith y otros es bastante menos sofisticado de lo que intentan vender: puro resentimiento envuelto en palabras bonitas.
Hablan de “regeneración”, de “abrir el partido”, de un supuesto congreso… y lo hacen además con una web donde puede firmar cualquiera. Literalmente cualquiera. Militantes, exmilitantes o gente que no ha tenido nada que ver con VOX en su vida. ¿Eso qué es exactamente? Desde luego, no es democracia interna. Es propaganda.
Porque si de verdad tuvieran el respaldo de las bases, no necesitarían montar este tipo de artificios. Bastaría con pisar calle, hablar con afiliados, escuchar a la gente que ha levantado el partido en cada provincia. Pero ahí no encuentran lo que buscan.
Y hay algo que no se puede maquillar: la trayectoria.
Espinosa tiene un patrón bastante claro. Cuando VOX más necesitaba compromiso, desapareció. Pasó tras la etapa inicial de 2018 y volvió a ocurrir en 2023. No es una opinión, es un hecho. Y ahora reaparece justo cuando comprueba que el proyecto no solo sigue vivo, sino que crece sin él.
Eso es lo que realmente no se digiere.
Porque cuando uno entiende que ya no es imprescindible, tiene dos opciones: asumirlo con dignidad o intentar forzar la situación. Aquí se ha optado por lo segundo. Primero con intentos de buscar espacios propios —ahí está lo de Atenea—, claramente orientados a acercarse al entorno del Partido Popular. Pero como tampoco funcionó, ahora toca otra fase.
La de desgastar.
Y en ese desgaste entran las insinuaciones sobre las cuentas del partido. Dudas lanzadas sin pruebas, ruido interesado… cuando cualquiera que quiera informarse mínimamente sabe que las cuentas de VOX son públicas y están auditadas conforme a la ley. No hay misterio. No hay escándalo. Hay una intención clara de hacer daño.
Nada más.
Esto no va de mejorar VOX. No va de fortalecerlo. Va de otra cosa: de intentar condicionar el rumbo del partido o, si no se consigue, debilitarlo. Y hacerlo además con el eco de ciertos medios que llevan años intentando que VOX deje de ser lo que es para convertirse en algo más cómodo, más manejable, más parecido a lo de siempre.
Un VOX domesticado.
Un VOX útil para otros.
Y en el fondo de todo esto hay una cuestión que se intenta tapar: el proyecto ha seguido creciendo sin necesidad de quienes ahora se presentan como imprescindibles. Y eso desmonta muchos relatos.
Por eso ahora se habla de congresos, de firmas, de procesos abiertos… cuando en realidad lo que se está intentando es forzar una situación que las bases no han pedido. Es, en la práctica, un intento de tomar el control por la vía del ruido.
Pero hay algo que se está calculando mal.
Las bases de VOX no son ingenuas. Saben perfectamente quién ha estado cuando tocaba estar y quién aparece ahora. Saben quién ha defendido el proyecto en los momentos complicados y quién se ha descolgado cuando no le cuadraban las cosas.
Y, sobre todo, tienen claro que VOX no gira en torno a nombres propios.
Bajo el liderazgo de Santiago Abascal, el partido ha demostrado que es algo más que una sigla: es un proyecto con una dirección clara, con una base firme y con una idea muy concreta de España.
De aquí a 2027 vamos a ver más movimientos como este. Más titulares, más intentos de generar división, más operaciones que se presentarán como “necesarias”. No es casualidad. Es estrategia.
Pero difícilmente va a funcionar.
Porque lo que algunos no han entendido es que VOX no depende de ellos. Y eso, en política, suele ser lo que más duele.




