La política española ha entrado en la era del clip, del titular rápido y del mensaje incendiario. En ese ecosistema se mueve con comodidad Luis Alvise Pérez, convertido en fenómeno digital pero con evidentes carencias cuando se le analiza desde el prisma de la oratoria política real.
Porque más allá del impacto en redes, su discurso está plagado de tópicos repetidos: “la casta”, “los medios comprados”, “el sistema corrupto”, “todos son iguales”. Frases que generan aplauso inmediato entre convencidos, pero que no se sostienen cuando se exige profundidad, datos o propuestas concretas.
Un discurso sin estructura ni fluidez
Quien escuche con atención sus intervenciones comprobará un patrón constante: cambios bruscos de tema, ausencia de hilo conductor y una narrativa basada más en la indignación que en el razonamiento. No hay planteamiento claro, no hay desarrollo argumental y, mucho menos, conclusiones sólidas.
La oratoria política exige algo más que volumen y gesto. Requiere orden, capacidad de síntesis y coherencia interna. En el caso de Alvise, predominan las frases cortas, las acusaciones generales y las insinuaciones sin desarrollo. Es un estilo pensado para viralizar, no para convencer a quien no está previamente alineado.
Mucha denuncia, poca propuesta
Otro de los puntos débiles es la falta de alternativa concreta. Señalar problemas es sencillo; articular soluciones viables es lo complejo. Sin embargo, su discurso rara vez entra en el terreno de la propuesta detallada. Se queda en la denuncia constante y en la descalificación global del sistema.
Ese enfoque puede generar eco mediático, pero limita cualquier aspiración de liderazgo político serio. Gobernar —o aspirar a hacerlo— implica explicar cómo, con qué recursos y bajo qué marco legal se llevarían a cabo las promesas. En ese terreno, el discurso se diluye.
Viralidad no es solvencia
El fenómeno Alvise demuestra que las redes sociales amplifican el mensaje directo y emocional. Pero la política institucional exige algo más que impacto digital. Exige debate, réplica, conocimiento técnico y capacidad de negociación.
Confundir seguidores con estructura política sólida es un error frecuente en la nueva comunicación política. Y la historia reciente demuestra que el entusiasmo virtual no siempre se traduce en respaldo electoral suficiente.
En definitiva, la oratoria de Alvise está diseñada para agitar, no para construir. Mucha consigna, poca arquitectura argumental y una fluidez limitada que se apoya más en la indignación que en la solvencia. Y en política, cuando el ruido se apaga, solo quedan los argumentos.







